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En la isla de Samos, donde nació en 580, había oído hablar de aquella lejana ciudad italiana [Crotona] como de una gran capital donde los estudios florecían con particular lozanía. Turista impenitente, había visitado ya todo el Próximo Oriente hasta -se dice- la India. De vuelta en la patria, encontró la dictadura de Polícrates, que detestaba: era demasiado dictador él mismo para poder aceptar otro. Y se trasladó a Crotona, donde fundó la más "totalitaria" de las academias.
Podían ingresar tanto varones como hembras: mas antes tenían que hacer voto de castidad y comprometerse a una dieta que excluía el vino, los huevos y las habas. [...] Todos debían vestir de la manera más sencilla y decente, estaba prohibido reír, y al final de cada curso escolar todos los alumnos estaban obligados a hacer en público la "autocrítica", o sea a confesar sus propios "desviacionismos" [...].
Los seminaristas estaban divididos en externos, que seguían las clases, pero volvían a casa por la noche, y los internos, que se quedaban en aquella especie de monasterio. El maestro dejaba a los primeros bajo la enseñanza de sus ayudantes, y personalmente sólo se ocupaba de los segundos, los esotéricos, que constituían el restringido círculo de los verdaderos iniciados.
Pero también estos últimos veían a Pitágoras en persona solamente después de cuatro años de noviciado, durante los cuales él les mandaba sus lecciones escritas y autentificadas con la fórmula "autos epha", el "ipse dixit" de los latinos, que significaba "lo ha dicho él", para dar a entender que no cabía discusión.
Finalmente, tras esta poca espera preparatoria, Pitágoras se dignaba aparecer en persona ante sus seleccionadísimos secuaces, y a impartirles directamente los frutos de su sabiduría.
Empezaba con las Matemáticas. Pero no como las concebían los groseros y utilitarios egipcios que sólo las inventaron con objetivos prácticos, sino más bien como teoría abstracta para alentar las mentes hacia la deducción lógica, hacia la exactitud de las relaciones y a su comprobación.
Sólo después de haber elevado los alumnos a este nivel, pasaba a la Geometría, que con él se articuló definitivamente en sus elementos clásicos: axioma, teorema y demostración. Sin conocer a Tales descubrió por sí mismo varios teoremas.
[...] Apolodoro cuenta que cuando descubrió el segundo de dichos teoremas, el de la hipotenusa, Pitágoras sacrificó cien reses en agradecimiento a los dioses. La noticia está absolutamente desprovista de fundamento. El maestro se ufanó toda la vida de no haber tocado jamás un pelo a un animal, obligaba a sus alumnos que hicieran otro tanto, y el único ejercicio que le procuraba goce no era la formulación de los teoremas, sino la especulación en los cielos abstractos de la teoría.
También la Aritmética, que constituía el tercer estadio, la concibió no como instrumento de contabilidad, sino como estudio de las proporciones. Y así fue como descubrió las relaciones de número que regulan la música. Un día, al pasar por una herrería, quedó impresionado por la rítmica regularidad del repicar del martillo sobre el yunque. De vuelta a su casa, ejecutó experimentos haciendo vibrar agujas de idéntico espesor y tensión, pero de distinta longitud. Concluyó que las notas dependían del número de vibraciones, lo calculó, y estableció que la música no era más que una relación numérica de ellas, medida según los intervalos.
Hasta el silencio, dijo, no es sino una música, que el oído humano no percibe sólo porque es continua, es decir, que carece de intervalos.
Es la "música de las esferas", que los planetas, como todos los demás cuerpos cuando se mueven, producen en su girar alrededor de la Tierra. Pues también la Tierra es una esfera, dijo Pitágoras dos mil años antes que Copérnico y Galileo.
Gira sobre sí misma de Oeste a Este y está dividida en cinco zonas: ártica, antartica, estival, invernal y ecuatorial; y, con los demás planetas, forma el cosmos.
No hay duda de que estas intuiciones hacen de Pitágoras uno de los más grandes fundadores de la ciencia y el que más ha contribuido a su desarrollo, aunque en algunos de sus descubrimientos definitivos e inmortales injertara además algunas curiosas supersticiones difundidas en aquellos tiempos, o recogidas en sus viajes a Oriente.
Sostenía, por ejemplo, que el alma, siendo inmortal, transmigra de un cuerpo a otro, abandonando al difunto, purgándose durante cierto tiempo en el Hades, y reencarnándose; y que él, personalmente, recordaba muy bien haber sido antes una famosa cortesana, después el héroe aqueo Euforbo de la guerra de Troya, tanto que, estando en Argos, reconoció en el templo la coraza de hierro que había llevado en aquella expedición.
[...] Timón de Atenas, que no obstante estaba en condiciones de alcanzar su grandeza e intelectualmente le estimaba, le describe como "un sabiazo de lenguaje solemne que logró adquirir importancia a copia de dársela". Sin duda, hay su verdad.
[...] Encerrado en su orgullo de casta, y convenciéndose cada vez más de estar constituyendo una clase selecta y predestinada por los dioses a poner orden en el pueblo de los hombres comunes, el Círculo de los pitagóricos decidió adueñarse del Estado y fundar en Crotona, sobre la base de las verdades filosóficas elaboradas por el Maestro, la república ideal.
Como todas las repúblicas, aquélla había de ser una "tiranía ilustrada". Ilustrada, se comprende, por Pitágoras, jefe de una aristocracia comunística que [...] prohibiría a todos el vino, la carne, los huevos, las habas, el amor y la risa, obligándoles, en compensación, a la "autocrítica".
No sabemos si se trató de una verdadera y propia conjura ni cómo se desenvolvió. Sabemos solamente que en determinado momento los crotonenses se dieron cuenta de que todas las magistraturas estaban llenas de pitagóricos: gente austera, muy seria, aburrida, competente y sosegada, que estaba a punto de convertir a Crotona en lo que Pitágoras convirtiera su| academia: algo entre fortaleza, cárcel y monasterio.
Antes de que fuese demasiado tarde, rodearon el seminario, sacaron a los inquilinos y les zurraron. El Maestro huyó en calzoncillos, de noche, pero un destino vengador guió sus pasos hasta un campo de habas. Con el odio que les tenía, se negó a echarse en él para esconderse. Con lo que fue alcanzado y muerto.
Tenía, por lo demás, ochenta años, y ya había puesto a salvo sus Comentarios, confiándolos a su hija Damona, la más fiel de sus seguidores, para que los divulgase por el mundo.
Capítulo "Pitágoras", del libro " Historia de los Griegos ", por Indro Montanelli.
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