Durante un considerable período de tiempo después de la muerte de Cristo, es cierto que sus seguidores creyeron que tenían prohibido la guerra; y por esto, como consecuencia de su creencia, muchos de ellos se negaron a enrolarse, aún si las consecuencias fueron el reproche, la cárcel, o la muerte. Estos hechos son indisputables;

tan fácil -decía un escritor ilustrado del siglo XVII- como oscurecer el sol al mediodía, es negar que los primitivos cristianos renunciaron a todas las venganzas y a la guerra.

EspadaCristo y sus apóstoles dieron preceptos generales para la regulación de la conducta. ¿Y cómo aplicaron sus inmediatos sucesores los preceptos que les fueron entregados? Ellos los aplicaron a la guerra: estaban seguros de que los preceptos la prohibían. Esta creencia de ellos derivaba de aquellos preceptos en los cuales insistían: se referían expresamente a los mismos pasajes en el Nuevo Testamento, y por la autoridad y la obligación de estos pasajes ellos se negaron a portar armas.
Unos pocos ejemplos de su historia mostrará con que confianza sin duda ellos creyeron en la ilegalidad de la guerra, y como muchos estaban dispuestos a sufrir por la causa de la paz.

Maximiliano, como se relata en las Actas de Ruinart, fue llevado ante el tribunal para ser enrolado como soldado. Cuando el procónsul preguntó su nombre, Maximiliano replicó:

Soy un cristiano, y no puedo luchar.

Fue, sin embargo, ordenado que fuera enrolado, pero él se negó a servir, alegando aún que era Cristiano. Le fue dicho inmediatamente que no había alternativa entre portar armas y ser ajusticiado. Pero su fidelidad no fue conmovida:

No puedo luchar -dijo-. Aún si muero.

Él continuó firme con sus principios, y entonces fue entregado al ejecutor.

Los primitivos cristianos no solo se negaban a ser enrolados en el ejército, sino que cuando alguien se convertía al Cristianismo mientras estaba enrolado, abandonaba su profesión a cualquier costo.
Marcelo fue un centurión en la legión Trajana. Mientras estaba de comisión se convirtió en cristiano; y creyendo, en común con sus compañeros cristianos, que la guerra no le estaba mas permitida, él tiró su cinturón [el que contenía la espada] al frente de su legión, declarando que se había convertido en cristiano, y que por lo tanto no podía servir mas [en el ejército].
Se lo llevó a prisión; pero él aún mantenía su fe en el Cristianismo.

No es legal -decía- para un cristiano llevar armas por cualquier consideración humana.

y en consecuencia él fue ajusticiado.
Casi inmediatamente después de esto, Casio, quien fuera notario de la misma legión, dejó su cargo. Él mantenía firmemente los sentimientos de Marcelo y, como él, fue ajusticiado.
Martín, de quien dice mucho Sulpicio Severo, fue educado en la profesión de las armas, y cuando se convirtió al Cristianismo, él la abandonó.
Para Juliano el Apóstata, la única razón que dió para su conducta fue esta:

Soy cristiano, y por lo tanto no puedo luchar.

No fueron los sentimientos, y no fue la conducta de individuos aislados que pudieran ser accionados por opinión individual o por sus interpretaciones privadas de los deberes del Cristianismo. Sus principios fueron los principios del cuerpo. Fueron reconocidos y defendidos por los escritores cristianos, sus contemporáneos.
Justino Mártir y Taciano hablaron de soldados y cristianos con carácteres distintivos; y Taciano dice que los cristianos declinaron aún los mandos militares.

Clemente de Alejandría llama a los cristianos contemporáneos a él los "seguidores de la paz", y dice expresamente

que los seguidores de la paz no usan ninguno de los implementos de la guerra.

Lactancio, otro cristiano de los primeros tiempos, dice expresamente,

Nunca puede ser legal para un hombre recto ir a la guerra.

Sobre el fin del siglo II, Celso, uno de los oponentes del Cristianismo, carga a los cristianos el rechazar las armas aún en caso de necesidad.
Orígenes, el defensor de los cristianos, no piensa en negar el hecho; él admite el rechazo, y lo justifica, porque la guerra era ilegal.

Aún después que el Cristianismo se hubiera extendido sobre casi todo el mundo conocido, Tertuliano, hablando de una parte de los ejércitos Romanos, incluyendo mas de un tercio de las legiones estacionadas en Roma, claramente nos informa de que

ni un cristiano puede ser encontrado entre ellos.

Fuente: extracto del libro "An Inquiry into the Accordancy of War with the Principles of Christianity", escrito por Jonathan Dymond


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