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...Desde la mas tierna edad se les enseñaba que la familia de la cual eran miembros constituía una verdadera y auténtica unidad militar, cuyos poderes estaban todos concentrados en la cabeza, o sea en el paterfamilias. Sólo él podía comprar o vender, pues sólo él era el propietario de todo, incluida la dote de la esposa. Si ésta le engañaba o le robaba el vino de las cubas, podía matarla sin proceso.
Idénticos derechos tenía sobre los hijos, que también podía vender como esclavos. Todo que lo que éstos compraban se convertía automáticamente en propiedad de él.
Las hembras se sustraían a esta patria potestad sólo cuando el padre las entregaba en matrimonio a otro hombre cum manu, es decir, renunciando explícitamente a todo derecho sobre ellas. Mas en tal caso eso derechos pasaban al marido. De modo que la mujer acababa dependiendo siempre de un hombre: o del padre, o del marido, o del hijo mayor, si enviudaba, o de un tutor.
Esta dura disciplina, que después lentamente fue suavizándose con el correr de los siglos, hallaba su límite en las pietas ["Sumisión". Más que piedad religiosa, un respeto por el orden natural social, política y religiosamente. Incluye las ideas de patriotismo y devoción.], o sea los efectos entre cónyuges, y entre éstos y los hijos. Pero éstos no lograban jamás, o casi nunca, mellar la granítica unidad de la familia romana, que incluía también a los nietos, los bisnietos y los esclavos, considerados estos últimos como simples objetos. La madre se llama domina, o sea señora, y no estaba confinada en un gineceo, como sucedía a las mujeres griegas. Comía con el marido, pero sentada en el triclinio (una especie de rústico diván), en vez de tendida como estaba aquél.
En general, no trabajaba mucho manualmente, porque no había crisis de chicas para servir, con todos los esclavos que eran capturados en el campo de batalla y de los cuales cada familia tenía más de uno. La domina les dirigía y les vigilaba.
Después, para distraerse, tejía lana para las ropas del marido y los hijos. De libros, naipes, teatros o circo, nada.
Las visitas eran raras y de rígida pragmática. Un ceremonial escrupuloso las hacía complicadas y difíciles.
La domus, o sea la casa, era, más que un cuartel, un auténtico fortín. Y allí, en la más absoluta obediencia, se formaban los chicos.
Se les enseñaba que en el hogar la llama no debe extinguirse nunca porque representa a Vesta, la diosa de la vida. Había que alimentarla añadiendo siempre mas leña y echando migajas de pan durante las comidas.
En las paredes, que eran de abobe o de ladrillos, estaban colgados íconos, en cada uno de los cuales el chico veía un Lar o un Penate, espiritillos domésticos que protegían la prosperidad de la casa y de los campos.
En la puerta estaba Jano vigilando, con sus dos caras, una mirando adentro y otra, afuera, quien entraba o salía. Y en torno, montando la guardia, estaban los Manes, las almas de los antepasados, que se quedaban en los parajes después de morir.
De modo que nadie podía hacer un movimiento sin tropezarse con algún guardián sobrenatural, que también formaba parte de la familia: una familia compuesta no tan solo por los vivos, sino también por aquellos que les habían precedido y los que les seguirían.
Todos juntos, formaban un microcosmos no solamente económico y moral, son también religioso, del cual el pater era el papa infalible. Hacía los sacrificios sobre el altar de la casa. Y en nombre de los dioses daba las órdenes y repartía los castigos.
La religiosidad que recibía el chico romano, más que a mejorarle en el sentido que nosotros le damos hoy a esta palabra, tendía a disciplinarle. En efecto, no le impelía hacia los nobles ideales de la bondad y la generosidad, sino a la aceptación de las reglas litúrgicas que hacían de toda su vida un rito. No se le pedía, por ejemplo, ser desinteresado; se le pedía, es más, se le imponía respetar ciertas fórmulas y participar en las ceremonias.
Sus plegarias iban todas dirigidas a la consecución de fines prácticos e inmediatos.
Se dirigía a Abeona, para que le enseñase a dar los primeros pasos, a Fabulino para que le ayudase a pronunciar las primeras palabras, a Pomona para que las peras creciesen bien en su huerto, a Saturno para que le auxiliase a sembrar, a Ceres para que le permitiese segar, a Stérculo para que las vacas hiciesen suficiente abono en la cuadra.
Extracto del libro "Historia de Roma", de Indro Montanelli.
martin 16 de octubre de 2007 - 6:59 pm
esta re piola