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106 inmigrantes españoles detenidos en Venezuela
Vi la noticia en la web de Fernando Berlín, y me pareció interesante para reflexionar sobre el alcance de la memoria...
Nota: la noticia original fue publicada en El Pais, pero actualmente solo se conserva en el cache de Google. Así que por eso la he puesto completa aquí.
Publicado en el diario: El Pais,16 de julio de 2001
Autor: Tomás Bárbulo
El viaje del velero 'La Elvira', que zarpó de Las Palmas en 1949, muestra las similitudes entre la emigración española de hace medio siglo y la que ahora llega a nuestras costas
Un velero destartalado ha llegado a la costa con 106 inmigrantes irregulares a bordo. Los sin papeles detenidos, entre los que había diez mujeres y una niña de cuatro años, se hallaban en condiciones lamentables: famélicos, sucios y con las ropas hechas jirones. La bodega del barco, que sólo mide 19 metros de eslora, parecía un vomitorio y despedía un hedor insoportable.
Ésta podría ser una historia de hoy. Pero la noticia se produjo el 25 de mayo de 1949, los emigrantes eran españoles y el puerto al que habían arribado, venezolano. El suceso fue publicado en la primera página del diario Agencia Comercial. Aquella portada se ha convertido en mil carteles editados por el Gobierno de Canarias con la leyenda 'Nosotros también fuimos extranjeros'. El consejero de Empleo y Asuntos Sociales del Ejecutivo autónomo, Marcial Morales, espera que sirvan para ayudar a comprender el fenómeno de la inmigración irregular que ahora llega a nuestras playas.
Cuando aquellas 106 personas desembarcaron en Latianoamérica, España estaba hundida en la miseria y machacada por la represión franquista, mientras que Venezuela era una nación emergente. Aunque la diferencia entre ambos estados era menor de la que hoy existe, por ejemplo, entre Nigeria y nuestro país, los españoles experimentaban el mismo efecto salida que empuja a los inmigrantes subsaharianos que llegan a las islas.
La historia comenzó el Sábado de Gloria de 1949. Un centenar de personas se deslizaron por el muelle de Las Palmas y embarcaron en varias falúas. La mayoría eran campesinos de Gran Canaria que ganaban 20 pesetas por trabajar de sol a sol y que habían tenido que vender sus cabras para pagar las 4.000 pesetas del billete, una pequeña fortuna para la época. En el pasaje también había 15 tinerfeños, 10 palmeros, cinco cubanos hijos de isleños y 15 peninsulares de Murcia, Madrid, Almería, León, Ourense, Asturias, Cuenca, Cádiz, Navarra y Baleares, un canario nacido en Filadelfia (EE UU) y una española venida al mundo en Auxerre (Francia).
Durante varios días habían permanecido ocultos en casas particulares. Juan Azcona, uno de los organizadores del viaje, ha declarado que alojó en su vivienda a más de 20. Si le hubieran aplicado la actual Ley de Extranjería habría pasado una buena temporada a la sombra por tráfico de personas. De ese mismo delito habría podido ser acusado Ramón Redondo, que un mes antes había pagado 250.000 pesetas por una goleta llamada La Elvira, que durante 96 años había sido dedicada a la pesca en las costas de África. Redondo pensaba amortizar la compra con el precio de los pasajes y con la venta del lastre de sal que llevaba el barco.
Las falúas pusieron proa hacia la península de Jandía, al sur de Fuerteventura, donde les esperaba La Elvira. Los pasajeros acababan de abordarla cuando oyeron dos tiros y vieron acercarse vertiginosamente la lucecita verde de una patrullera. Huían con todas las velas desplegadas, pero la lancha ganaba terreno. '¡Deténganse en nombre de España!', ordenó la Guardia Civil por el altavoz. Los agentes se colocaron en paralelo a la goleta: '¡Entréguense!', volvieron a ordenar. '¡Que se entregue tu madre!', les respondió una voz en la oscuridad. Un golpe de viento feliz lanzó al velero hasta aguas internacionales.
La Elvira tardó 36 días en cruzar el Atlántico, empujada por los alisios. Durante ese tiempo sus pasajeros se alimentaron de patatas podridas, garbanzos con gorgojos y gofio picado. El agua estaba racionada.
Gonzalo Morales, que escribió un libro sobre la historia, Fugados en velero, cuenta que pasaban casi todo el día en la bodega, donde sólo cabían tumbados y apretados como sardinas en lata. 'No podíamos ni darnos la vuelta', ha declarado Paco Azcona. Hacían sus necesidades tras unos tablones. Vomitaban unos sobre otros y pronto se llenaron de piojos. El ácido de los vómitos y el salitre del mar desgastaron sus ropas, que se convirtieron en harapos. Con aquellos jirones, las mujeres hicieron compresas cuando se les presentó la regla. La Elvira hedía como una cloaca.
Antonio Domínguez, apodado El Puro por su afición al tabaco, era el capitán costero encargado de sacar el barco de las islas. Luego debía pasarle el mando a Antonio Cruz Elórtegui, capitán de altura. Pero Elórtegui había mentido: 'Soy un perseguido político vasco. No tengo dinero y presentarme como capitán era la única forma de embarcar', confesó. Intentaron lincharlo, pero el armador, el costero y los cinco marineros lo evitaron. 'Tenemos que volver a Canarias', anunció El Puro al ver que carecían de capitán. Pero un pasajero llamado Regino Camacho, que antes de la guerra civil había sido acusado de asesinato, armó un motín y, pistola en mano, le persuadió de que se hiciera cargo de la nave. No era Camacho el único homicida que viajaba en el barco, ni el suyo el único revólver a bordo. Al final de la travesía las autoridades venezolanas intervinieron tres armas de fuego en La Elvira.
El Puro navegó contra la salida del sol. Sólo se auxiliaba con el cronómetro de Ramón Redondo, el armador, que le permitía calcular cómo se reducía la diferencia horaria entre Canarias y Venezuela. En el medio del Atlántico un huracán rompió el timón y estuvo a punto de enviarlos a pique. Al amanecer del 22 de mayo, tras 36 días de viaje, alcanzaron el puerto de Carúpano, en Venezuela.
Antes de fallecer, Ramón Redondo, el armador, dejó escrito el final de la aventura:
Fuimos remolcados hasta La Guaira por una lancha de la Guardia Nacional. Las autoridades nos reseñaron como inmigrantes voluntarios. Luego nos trasladaron hasta un centro de inmigración de Caracas. De ahí nos llevaron al estado de Yaracuy, a un central azucarero llamado Matilde, donde estuvimos limpiando surcos y abonando los cañaverales.
Después de un mes viajé en autobús hasta Caracas, donde viví en una pensión y limpié coches por la noche. Me enteré de que habían trasladado La Elvira hasta Puerto Cabello. Allí me fui. Unos pescadores me acercaron hasta ella y me dejaron solo. Lo encontré todo tan desmantelado que me dieron ganas de llorar. Subí por las jarcias hasta lo alto del mástil y rescaté la bandera española que habían hecho las mujeres con trozos de tela (...). Regresé a Caracas y, después de muchos contratiempos, organicé mi vida, me casé con Aura Vera y tuve cuatro hijos.
El año pasado, Ramón Redondo quiso volver a Tenerife con su familia. Llegó herido de muerte. No había tenido tiempo de poner su documentación en regla, y lo rechazaban en el hospital. Falleció en febrero. La Administración ha informado a su esposa de que, dado que no convivieron un año en España, no tiene derecho a la pensión de viudedad. '¡Pero si llevamos casados 52 años!', ha protestado ella. Le han respondido que la ley protege al Estado de los matrimonios de conveniencia.
Julio de 2001
Ceci 30 de agosto de 2006 - 2:05 am
a propósito de este artículo, de la memoria, de España y los inmigrantes, dejo este párrafo que salió publicado hoy en el Página 12 de Argentina…
DISCULPAS
Para muchos españoles ya es un lugar común hablar mal de los inmigrantes y durante mucho tiempo el derechista Partido Popular enarboló como una de sus banderas el levantar barreras contra los extranjeros que pretendían continuar sus vidas en la península. Parece que tendrán que pedir disculpas. Un informe de la prestigiosa Caixa Catalunya conocido ayer muestra que sin el aporte de los inmigrantes la renta per cápita hubiera retrocedido un 0,64 por ciento entre 1995 y 2005. La mano de obra extranjera permitió que la riqueza por habitante aumentara en ese período un 2,6 por ciento.
Germán 30 de agosto de 2006 - 4:15 pm
Gracias Ceci.
Estuve buscando para ver si encuentro ese documento, pero encontré uno que no sé si es el mismo, y no tuve tiempo de leerlo porque era muy largo.
Apenas puedo me lo leo y publico algo al respecto…
Fernado Redondo 5 de septiembre de 2006 - 12:24 am
Hola, si mi apellido les suena, así es, soy el hijo menor de Ramón Redondo y Aura Vera. Decirles que cuesta mucho venir de nuevo aqui y ser tratado como una rara persona que viene de fuera a quitarle el alimento a los demas y eso que mi padre era de aqui y nosotros fuimos criados dentro de la cultura canaria. Es una pena, no saben cuanto dolor tengo y con cuanto dolor se murio mi padre a ver lo que estaba sucediendo. Pero bueno, ya estamos acostumbrados. Yo solo le pido a dios que no tengamos que irnos nuevamente por que aqui se acabe el BOOM del que estamos viviendo. si no tendremos que comernos las palabras con patatas (si tenemos alguna que llevarnos a la boca) Suerte y Saludos…
Germán 5 de septiembre de 2006 - 4:07 pm
El final de la historia es realmente lamentable, Fernando.
Las excusas burocráticas no tienen en cuenta a las personas (como no tuvieron en cuenta la petición de tu madre), y se escudan en palabras que nada dicen cuando se trata de gente con necesidades inmediatas.
Saludos también para vos…