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En 2000, David J. Rothman, en el estudio "La vergüenza de la investigación médica", demostró que en 15 de los 16 ensayos clínicos que se llevaban a cabo en países en vías de desarrollo para estudiar un método más económico de prevenir la trasmisión del virus del SIDA durante el embarazo, las mujeres de los grupos de control recibieron un placebo (una pastilla de azúcar) en vez del tratamiento con AZT que está demostrado que evita la trasmisión maternofetal del virus. Según la Declaración de Helsinki para los protocolos éticos de la investigación médica, lo que debería haberse hecho habría sido comparar la nueva alternativa terapéutica con el tratamiento más eficaz de todos los existentes.
Esto es lo que hizo la Escuela de Salud Pública de Harvard en su estudio en Tailandia. Fueron los únicos que lo hicieron así. El resto de los estudios -que reclutaron a un total de 17.000 mujeres- permitieron que la mitad de dichas mujeres se sometieran a las extracciones de sangre y las pruebas complementarias requeridas en los protocolos de estudio y tomaran diariamente una pastilla que era de azúcar y no servía para nada mientras su salud iba empeorando por falta de tratamiento y el virus iba infectando a los hijos que llevaban en su vientre [ROTHMAN, David J. "The shame of medical research". The New York Review of Books, 30 noviembre 2000. Citado en Pignarre, p. 150.].
Fuente: Cuaderno número 141 de Cristianismo y Justicia, "Los crímenes de las grandes compañías Farmacéuticas", escrito por Teresa Forcades i Vila.
Reproducido con el permiso de Cristianismo y Justicia.
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